Sincero, pero equivocado

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Hay un dicho popular: “No importa lo que uno cree, mientras sea sincero”.
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Admiramos la persona que es sincera, pero la sinceridad sola no basta. Hay que ser sincero en creer y hacer las cosas justas. Sentimos mucho respeto hacia la persona que es tan sincera en sus convicciones que está dispuesta a morir por ellas, pero la sinceridad no es suficiente.
El Sr. Monroe sinceramente creía que la vía férrea estaba libre o no habría sido arrollado por el tren mientras conducía su automóvil...

En el Borough de Manhattan, Nueva York, una receta indicaba cierta cantidad de sulfato de bario y el farmacéutico usó sulfuro en su lugar. No hay mucha diferencia en los nombres de las dos sustancias, pero una se usa para propósitos curativos mientras que el otro es un veneno mortal. La mujer que tomó la medicina murió. Evidentemente el farmacéutico que dio la medicina fue sincero creyendo que le había dado la buena medicina que había pedido. En casos que requieren la vida y la muerte, se requiere la certeza.

La señora Jones sinceramente pensaba que era una dosis de medicina que iba a comprar en la farmacia, pero resultó ser veneno, y murió. La sinceridad no salvará tu alma si crees una cosa equivocada. El creer la cosa equivocada es mucho más mortífero que tomar algún veneno por error.

El dicho: “No importa lo que uno creer, mientras sea sincero”, quiere dar a entender que cualquier fe es buena y le llevará al cielo si se sigue con sinceridad. ¡Pero eso no es así!

Saulo de Tarso (luego, el apóstol Pablo) había sido muy celoso y sincero cuando perseguía a los cristianos, pero necesitaba un nuevo corazón; un nuevo nacimiento. No importaba cuán sincero fuese, estaba sinceramente equivocado (Hch. 9).

Las cinco vírgenes insensatas fueron muy sinceras cuando iban a las bodas y dijeron: “¡Señor, señor, ábrenos! Más él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco” (Mt. 25:1-3).

Los profetas de Baal fueron muy sinceros cuando clamaban a su dios para que contestara con fuego en el monte Carmelo. Eran tan sinceros que gritaban en voz alta, se sajaban con cuchillos y lancetas hasta chorrear la sangre sobre ellos, mas no recibieron respuesta (1 R. 18).
Hay muchas creencias y religiones en el mundo, que multitudes profesan sinceramente pero aun así permanecen perdidos sin el Salvador, el Señor Jesucristo. “En ningún otro hay salvación…” (Hch. 4:12)

Jesús dijo: "No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad" (Mt. 7:21-23).

¿Crees tú en el Señor Jesucristo con todo tu corazón? ¿Le has aceptado como tu único y suficiente Salvador personal? Ancla tu fe en el Señor Jesús con toda la sinceridad de tu corazón y Él te dará la paz para con Dios y la vida eterna.

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